En el otoño de 1888, el East End de Londres vivió uno de los períodos de terror más documentados de la historia criminal. Un asesino no identificado —que la prensa bautizó como Jack el Destripador— mató al menos a cinco mujeres en el barrio de Whitechapel, dejando tras de sí no solo un rastro de crímenes brutales, sino también las semillas de lo que hoy conocemos como criminología moderna.
El contexto: la Londres victoriana
Whitechapel era en 1888 uno de los distritos más pobres y superpoblados de Europa. La emigración masiva, el alcoholismo y la prostitución eran realidades cotidianas. Las cinco víctimas atribuidas al Destripador —Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly— eran trabajadoras sexuales que habitaban en los márgenes más vulnerables de esa sociedad.
“El asesino operaba en una ciudad donde la violencia contra las mujeres era casi invisible para las instituciones.”
Esta invisibilidad estructural explica, en parte, por qué el caso nunca se resolvió.
El perfil del asesino: lo que sabemos
Los crímenes presentaban características que hoy reconocemos como propias de un asesino en serie organizado:
- Ataques nocturnos en zonas conocidas por el agresor
- Mutilaciones posmortem que sugieren conocimientos anatómicos básicos
- Ausencia de robo como motivo
- Escalada en la violencia entre el primer y último crimen
La policía metropolitana de la época carecía de herramientas sistemáticas para analizar este tipo de delitos. No existía el concepto de perfil criminal tal como lo entendemos hoy.
El impacto en la criminología
El caso fue pionero en varios sentidos:
Primeras técnicas forenses documentadas. El inspector Frederick Abberline y el médico forense Thomas Bond elaboraron descripciones detalladas de las heridas, sentando precedentes en la documentación criminalística.
El perfil psicológico avant la lettre. Bond redactó en 1888 lo que muchos consideran el primer perfil criminal de la historia: describió al asesino como un hombre solitario, aparentemente respetable, con control sobre sus impulsos salvo en los momentos del ataque.
La presión mediática como factor investigador. Los periódicos londinenses publicaron cartas supuestamente enviadas por el asesino. Aunque la autenticidad de la mayoría es dudosa, la implicación de la prensa transformó la percepción pública del crimen y forzó respuestas institucionales.
Los sospechosos principales
A lo largo de más de un siglo, investigadores y aficionados han señalado a decenas de personas. Los candidatos más estudiados incluyen a Aaron Kosminski (inmigrante polaco internado en un manicomio en 1891), Montague John Druitt (abogado que apareció muerto poco después de los crímenes) y Francis Tumblety (médico charlatán estadounidense detenido por otras causas en 1888).
Ninguna acusación ha resultado concluyente.
Un caso sin resolver, una disciplina nacida
Jack el Destripador nunca fue identificado. Pero su caso demostró la necesidad urgente de métodos sistemáticos para investigar crímenes violentos. Directa o indirectamente, contribuyó al desarrollo de la policía científica, el análisis forense y, más tarde, la psicología criminal aplicada.
El misterio persiste. La disciplina, en cambio, creció.